La vida de mi abuela

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Feb 5, 2013 07:49
La vida de mi abuela
En el hogar de mi abuela reinaba un espíritu acogedor y trabajador, pues siempre había alguna tarea doméstica por hacer. De niño me las arreglaba evadiendo esas tareas cuanto fuera posible pasando tiempo en el trampolín de mis primos viviendo en el otro lado de la calle. Tenía un primo y compartíamos muchas hazañas explorando las espaciosas yardas de mi abuela y la de mis primos vecinos. Un día se nos aproximó mi hermanita, de unos 6 años en ese entonces:

--“Quiero jugar con Uds.,” nos dijo, “¿me dejan subir al trampolín?”
--“No, es que te lastimarás,” razonaba y continué, “y además este trampolín es sólo para los hombres. No se permiten las aburridas mujeres aquí. Vete a jugar con Sarah que no queremos estar contigo,” sentencié y se fue sollozando.

Cinco minutos más tarde mi abuela se nos acercó con una mirada de dementa. No hace falta decir que me gritó por un minuto completo y me llevó para sentarme durante una hora sobre la llamada “silla de tiempo fuera.” Allí contemplé cuán injusta era la vida y mi abuela por castigarme así. No había hecho nada malo a mi parecer y sólo quería estar afuera con mi primo jugando porque nuestro tiempo juntos era limitado a unas pocas horas al año. Allí me distancié un tanto de mi abuela y siempre le tenía algo de miedo después. Sin embargo ignoraba las difíciles circunstancias en que se encontraba por ser tan joven. Se habían enfermado su esposo y su hija cercana y pronto murieron de sendas causas. Se puso muy deprimida dado que estaba muy sola. Unos meses después descubrieron que tenía alzhéimer, una enfermedad muy seria del cerebro que te afecta la memoria. Mi madre le llevó a nuestra casa por un tiempo para poder cuidarla mejor puesto que se negaba de mandarle a una residencia de ancianos. Yo aún le guardaba un poco de resentimiento e intentaba evitar estar a solas con ella en nuestra casa.
Once años más tarde asistiendo a la universidad y casado ya, mi madre me llamó por teléfono:

--“Es grave,” repitió por segunda vez. “Los doctores dicen que no vivirá para después de la Navidad. Me gustaría que fueras con tu padre a orar por ella. ¿Cuándo tienes tiempo para venir?”
--“Supongo que podría esta misma mañana,” le dije, tratando de olvidar la clase de español que perdería más tarde.

En camino hacia Idaho Falls medité en la vida de mi abuela. Ya en la residencia de ancianos mis padres y yo nos abrazamos y fuimos a la habitación de mi abuela. Estaba tumbada sobre la camilla respirando hondo. Abrió los ojos y le saludamos pero no parecía reconocernos ni saber siquiera que estábamos allí. Su aspecto físico había cambiado por completo de cómo era hace once años. Tenía las mejillas hundidas, los brazos tan adelgazados como el palo de una escoba y era obvio que no se había movido de su camilla desde hacía semanas. Después de la oración que ofreció mi padre que fue tal vez la más bonita que jamás haya escuchado, supe que mi abuela era una mujer muy honrada, fiel y cariñosa lo cual tiene mucho sentido por la clase de mujer que es mi madre. Recibí la impresión de que tal vez vivió tantos años sufriendo de esa horrible enfermedad en parte para que yo aprendiera de su amor y carácter muy dulce. Salí de esa residencia de ancianos agradecido por mi abuela y por poder ser su nieto. Cuando murió el 27 de este enero pasado sentí que nos veríamos otra vez y que nuestro encuentro sería uno de amor y no del mal entendido que tuve con ella de niño.